mi historia

Nací el 21 de marzo de 1980 en una familia numerosa de diez hermanos. Crecí rodeada de valores como el esfuerzo, el trabajo y la perseverancia, sin imaginar que algún día me convertiría en una de las mujeres más exitosas de la historia del turf latinoamericano.

Desde muy chica descubrí mi pasión por los caballos. Sin embargo, el camino no era sencillo. Quería ser jockey en un mundo donde casi todos eran hombres, un deporte de alto riesgo y una profesión que exigía competir en igualdad de condiciones con los mejores.

Mi primer desafío no estuvo en una pista, sino en mi propia casa. Tuve que convencer a mis padres de que me permitieran ingresar a la escuela de jockeys. Mi padre, entrenador y veterinario, conocía mejor que nadie los riesgos de esta profesión y no quería verme expuesta a ellos. Pero la pasión fue más fuerte.

Comencé a correr en 1998 y me recibí de jockey profesional en 2001. Apenas una semana después de obtener mi licencia, gané mi primer Grupo 1. Ese triunfo marcó el inicio de una carrera que estaría llena de desafíos, conquistas y sueños cumplidos.

A medida que pasaban los años, fui construyendo mi lugar en un entorno de fuerte tradición masculina, donde para una mujer cada oportunidad había que ganarla dos veces: primero demostrando capacidad y después sosteniéndola con resultados. Con conducta, disciplina y trabajo constante fui derribando barreras y acumulando victorias.

En un momento de mi carrera surgió un objetivo que parecía enorme: superar el récord de triunfos de la legendaria Marina Lezcano. Aquella marca de 612 victorias se convirtió en una meta personal.

Pero en febrero de 2016 la vida me puso frente a una de sus pruebas más difíciles. Sufrí la rodada más grave de mi carrera. Me fracturé siete costillas, me luxé la cadera, perdí el conocimiento y tuve complicaciones pulmonares. Muchos pensaron que sería imposible volver.

Sin embargo, cuando uno tiene un sueño claro, encuentra fuerzas donde parece no haberlas. A los dos meses ya estaba montando nuevamente y a los tres meses había regresado a las competencias. Me faltaban apenas siete carreras para alcanzar el récord y no estaba dispuesta a abandonar.

Lo conseguí.

Poco tiempo después llegó otro regalo de la vida: quedé embarazada de Nina. Entonces tomé una decisión que para mí fue tan importante como cualquier victoria. Dejé las pistas para dedicarme a ser mamá y me retiré con un triunfo en el Hipódromo de San Isidro.

Con el paso del tiempo, mientras Nina crecía, fui acercándome nuevamente a mi primer amor: los caballos. Obtuve la patente de entrenadora, comencé a trabajar desde otro lugar y, lentamente, volví a montar.

Un día Nina observó las fotos de mis triunfos y notó algo evidente: ella no aparecía en ninguna. No había nacido cuando la mayoría de esos momentos ocurrieron. Entonces nació un nuevo sueño compartido.

Primero nos propusimos ganar una carrera juntas para poder sacarnos la foto que faltaba. Y lo logramos.

Después apareció un nuevo desafío. Le propuse levantar una copa de Grupo 1 juntas.

Ese sueño parecía lejano, pero nunca aprendí a rendirme.

En septiembre de 2024, cuando todavía seguía persiguiendo nuevos objetivos, sufrí otro duro golpe. Durante una rodada, una yegua me pisó y me provocó la amputación del dedo pequeño del pie izquierdo.

Una vez más, la recuperación parecía imposible para muchos. Pero antes de cumplirse un mes ya estaba nuevamente compitiendo. Porque cada caída me enseñó algo: que el coraje no consiste en no tener miedo, sino en levantarse una vez más después de cada caída.

Y entonces llegó uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

En diciembre de 2025 gané el Gran Premio Félix de Alzaga Unzué, enfrentando a 23 competidores, y pude levantar junto a Nina la copa de Grupo 1 que habíamos imaginado años antes.

No fue solamente una victoria deportiva. Fue la confirmación de que los sueños compartidos también se cumplen.
Y cuando todavía estaba disfrutando de ese momento tan especial, la vida volvió a sorprenderme.

En abril de 2026 fui ternada como Mejor Jockey de la temporada 2025. Fue un reconocimiento que me emocionó profundamente porque llegó gracias al voto de la gente, algo que jamás había imaginado. Pero además tuvo un significado histórico: por primera vez en la historia de nuestra hípica, una mujer era nominada para disputar esa distinción.

Más allá del resultado, aquella nominación representó mucho más que un logro personal. Fue una señal de que las barreras pueden romperse y de que el trabajo, la perseverancia y la pasión terminan encontrando su lugar.

Hoy continúo persiguiendo nuevos desafíos. Cuando estaba a solo siete triunfos de alcanzar las 700 victorias, una lesión ligamentaria me obligó a detenerme temporalmente. Estoy atravesando un nuevo proceso de rehabilitación, con la misma determinación que me acompañó durante toda mi vida.

Esta pausa no es una derrota. Es una oportunidad para sanar, reflexionar y construir nuevos proyectos.

Uno de ellos es este espacio.

Quiero que mi historia quede como testimonio de que los límites muchas veces existen solo hasta que alguien decide atravesarlos. Que una mujer puede abrirse camino en los escenarios más difíciles. Que se puede ser madre y deportista de alto rendimiento. Que las barreras, los prejuicios y los techos de cristal pueden romperse.

Mi vida estuvo marcada por caídas, pero también por la decisión inquebrantable de volver a levantarme.

Porque aprendí que lo imposible no es un hecho. Lo imposible es una opción.